
Espero que tengan un cafecito, te, birra o vino a mano, porque hoy nos vamos de viaje, pero no para hablar de lo que ya conocen, sino para analizar un fenómeno que me llamó mucho la atención en mi reciente paso por Las Vegas.
Todos tenemos esos lugares que llamamos “de confianza”, esos donde uno va a la segura. Pero, ¿qué pasa cuando entramos a una “fábrica” diseñada para que nadie se quede por fuera? Me senté en The Cheesecake Factory y, más que un almuerzo, lo que viví fue un experimento antropológico sobre el gusto estadounidense.
Lo primero que te golpea es el menú. No es una crisis de identidad, pero sí es un abanico de opciones que, bajo un mismo techo, parece no tener sentido: pizza, pasta, comida asiática, hamburguesas, mariscos, emparedados, platos mexicanos y cortes de carne. Es como si quisieran abarcarlo todo sin enfocarse en nada.

En psicología existe algo llamado “la paradoja de la elección”: cuando hay demasiadas opciones, uno se abruma. Y sí, ocupás un buen rato navegando por las páginas antes de decidir. Al final, es un modelo diseñado para que cualquier grupo de amigos, por más distintos que sean sus gustos, encuentre algo que comer.
Para mi experimento personal pedí el Steak Diane ($29.95). Como ya saben que las cebollas son mis archienemigas, pedí que no las pusieran, y adicioné un side de lo que nosotros llamamos vainicas (green beans).
Aquí saltaron los detalles de laboratorio:

Hablemos de plata, porque eso siempre nos importa. Acompañé la comida con una copa y media $16 de Merlot (maridaje de confianza). Entre el plato principal, los acompañamientos de $7.50 (que no son baratos, pero la porción es gigante) y el vino, la cuenta sube rápido.

Sin embargo, viviendo en Costa Rica con el costo de vida que tenemos, los precios no me sacaron de onda. Me parecieron muy similares a lo que ya pago por una comida de este tipo en San José. La gran diferencia es que allá pagás por un volumen que aquí difícilmente recibís.

Haciendo honor a su nombre, la variedad de cheesecakes es casi ridícula. Aquí en CR solemos ir a la segura: el tradicional con salsa de fresa o caramelo. Allá el postre es una extensión del mercadeo: combinaciones con coco, galletas de marcas famosas o caramelo salado. Es el “gusto americano” llevado al extremo de lo dulce.

Muchos sueñan con ver esta franquicia en el país, pero mi tesis es que difícilmente suceda. En Costa Rica, el mercado de franquicias gringas ya está muy repartido y, curiosamente, operado por los mismos grupos.
Ya tenemos a Olive Garden para lo italiano, P.F. Chang’s para lo asiático, y The Capital Grille o Outback para las carnes. Traer un The Cheesecake Factory sería que los mismos franquiciados se hagan la competencia a sí mismos, ya que esta “fábrica” toca todos esos nichos a la vez. Además, con la oferta de comida mexicana que ya tenemos, el espacio para un “todólogo” de estos precios es pequeño.

En resumen: Fue una experiencia de esas que valen la pena para entender el exceso gringo, pero me quedo con la paz de saber que, aunque allá la montaña de puré sea más alta, aquí tenemos lugares con un poquito más de enfoque.
¿Ustedes qué dicen? ¿Pagarían lo que cuesta un buen corte en Escazú por entrar en la “fábrica” del cheesecake si estuviera en el país? ¡Los leo!

Como dicen los señores de Estados Unidos, les traigo un Fun Fact para cerrar la experiencia. Al final, para la sobremesa con mi esposa, pedí un café americano. ¡Y vea usted! Me sirvieron el café en un vaso… (imagino que es para que te lleves el exceso que te sobró, ¡jajaja!).
Es la demostración final de que, en la “fábrica”, todo está diseñado para la eficiencia y el volumen, no para la ceremonia.