
El éxito de un restaurante suele medirse en comandas y mesas llenas, pero para Melanie Liang y Freddy Chan, la verdadera métrica es el respeto. Ella, una joven que inició su vida profesional entre códigos de programación y diseño, jamás imaginó que su mayor proyecto no sería un software, sino un caldo perfecto nacido de una tradición que no admite atajos.
Hoy les cuento la historia de Ramen Saki, en Pinares de Curridabat.

La idea nació de una insatisfacción compartida. Tras viajar a Japón y probar el nivel del ramen nipón, Freddy le planteó a Melanie una duda que se convirtió en reto: “¿Por qué no te abres un restaurante de ramen? Aquí en Costa Rica no hay muy buenos”.
Lo que siguió fue un proceso de formación riguroso en Singapur y Japón. Fue una apuesta arriesgada que incluyó dejar la estabilidad de la programación y enfrentar momentos de profunda dureza personal, como el fallecimiento de doña Diana (Miao Yuan Zheng Chong), la madre de Freddy, mientras ellos se capacitaban en el sudeste asiático. Aquella experiencia no los detuvo; al contrario, regresaron con la convicción de que, si iban a emprender, lo harían con una autenticidad radical.

En la entrevista que sostuvimos, Melanie fue muy clara: el ramen no es solo una sopa con fideos. Para ella, este plato es una arquitectura de cinco elementos que debe respetarse para poder llamarse como tal: el caldo, los fideos, el tare (la base de sabor), el aceite aromático y los toppings.
Si es su primera visita, mi consejo es que se deje guiar. Melanie suele preguntar a sus comensales sobre sus preferencias personales: ¿busca algo salado, algo espeso o algo liviano?.


Hay cosas que en este restaurante simplemente no se negocian. Aunque Melanie ha aprendido a ser flexible por empatía —como ofrecer opciones para quienes no toleran el gluten—, hay límites que protegen la identidad del plato. Una vez, un cliente pidió un ramen sin el aceite aromático y ella, con la firmeza de quien cuida un legado, se negó. Quitarle un elemento esencial es, en sus palabras, dejar de servir ramen.
Ramen Saki sobrevivió a la incertidumbre de abrir en plena pandemia gracias a esa terquedad por lo bien hecho. Hoy, ese esfuerzo se traduce en anécdotas que valen más que cualquier crítica gastronómica: niños que eligen comer un tazón de ramen en su cumpleaños en lugar de comida rápida, y clientes que saludan por la ventana como quien llega a casa.
Al final, este lugar nos recuerda que la cocina, al igual que la vida, requiere tiempo, gramos exactos de esfuerzo y, sobre todo, mucho respeto por la raíz.
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